martes, 4 de diciembre de 2012

     Si yo escribiera un libro, en el que a la vez fuese el protagonista y la propia fuente de consulta, qué mejor que escribir la historia de mi vida, a pesar de estar convencido de que cuanto menos sepan de ella quienes me rodean más misterioso y atractivo como personaje resultaré.
     Para hacer las cosas ordenadamente buscaré un punto de partida, por eso empezaré por relatar mi nacimiento y el día 1 (uno) de mi vida; lo cierto es que yo no aparecí de la nada, tuve una gestación y en ella mi mamá padeció de nauseas, mareos y pérdida de apetito como todas las embarazadas, aunque después lo recuperó con creces hasta llegar a aumentar diez kilos – Diez kilos estos, que conservó por varios años y que me los reprochó reiteradas veces, situación en la que afronté ser el desencadenante pero nunca el culpable.
     Vayamos al parto propiamente dicho: el hecho se produjo el 28 de enero de 1939 a las 6 de la mañana; ese día hacía calor, mi mamá transpiraba mucho, y en gesto de solidaridad, transpiraba también la partera que ayudaba; junto a ellas, María, una amiga de mamá,  de a ratos se ponía pálida, transpiraba más y tenían que abanicarla; y mi pobre viejo, que además de estar a mano para todo, tenía que poner la cara para esos reproches que las parturientas hacen a sus maridos cuando les vienen los dolores.
     Las puertas y ventanas pasaron la noche abiertas de par en par; en un rincón un braserito con débil fuego y cubierto con estiércol de caballo seco ahuyentaba los mosquitos con su humo. Cuarenta años después de aquella madrugada del parto, doña Teresa, la señora del zapatero que vivía casa por medio, me dijo; “Como teníamos que dormir con todo abierto por el calor, los quejidos de su mamá cuando usted nació no dejaron pegar un ojo a nadie en el barrio”. Debe haber sido verdad porque mi vieja, si bien no estudiaba canto, dominaba dos octavas corridas como soprano y contralto.
     Bien, al final salí; a decir de María, la amiga de mamá, mi aspecto era francamente deplorable, mojado, sucio y pegajoso; tanto le impresioné, que ya de adulto le escuché decir que nunca más quiso asistir a un parto.
     Por los relatos sé que vine con la apariencia de una plancha vieja y maltratada; desde alguna parte por ahí por el medio de mi cuerpo, me salía una especie de cable algo enroscado sobre sí mismo que resultó ser el cordón umbilical. La partera me secó las piernitas para que no me patinara, me colgó con su derecha con mis patas para arriba y con la otra mano me dio tres chirlos en la cola. A este respecto quiero decir dos cosas: primero, ante esa agresión de la partera debo advertir que para cuando yo nací no se tenían en cuenta los derechos humanos; cualquiera que estuviese más arriba en la escala social podía castigar a quién quisiera sin darle demasiadas explicaciones; y segundo, que en la lista de hijos me tocó ser tercero y el menor, por lo que esas palmaditas en la cola no fueron los únicos castigos inmerecidos que recibí en mi niñez; yo ante cualquier desorden, si bien podía no ser el culpable, era el más fácil de alcanzar para sacarse una bronca.
     Ni bien grité, la partera abrió su bolso, sacó un hilo con olor a desinfectante, me ató el ombligo  y cortó el cordón dejándome un chicotecito sobrante y sentenció: “Esto se le cae solo en menos de una semana”. Del resto de cordón que le sobraba cortó unos tramitos y los puso en un frasco de boca ancha con alcohol que le pasaron; esos iban a ser una especie de souvenires para repartir en la familia; a otro de los pedacitos lo aplastaron bien y lo pusieron a secar en la fiambrera, para que no lo alcanzara el gato; ese, cuando estuviera seco, iba a ir por carta a Junín como recuerdo para una tía.
     Me bañaron con agua tibia, no sé para qué tibia, con el calor que hacía y lo colorado que yo estaba. Mi abuela italiana preparó ginebra con especias para que me dieran una cucharadita así se me ponía fuerte el estómago, en tanto que la abuela española propuso leche de burra; tuvo que intervenir mi papá en la discusión y encontró una fórmula mediadora, terminaron dándome leche de yegua con calostro porque en la caballeriza de la panadería de la familia, había nacido un potrillito dos días antes.
     A grandes rasgos, así transcurrió mi primer día; sobre los 26.827 que van después de ese hasta hoy, escribiré en las sucesivas convocatorias que a ese efecto disponga la licenciada Elcira Pérez en nuestro taller de lectura y reflexión.
                                                                           Oscar Juan Tioni – 15 de agosto de 2012