jueves, 12 de marzo de 2015

Reactivar el centro

Trabajo en una obra social pero conozco poco San Nicolás.
Confundir Reynoso 712 con 172 implicó una larga caminata bajo sol intenso de las cuatro desde el Cementerio hasta la casa de Laura.
Allí nos saludamos por primera vez, atravesamos la forrajería y me hizo pasar a la única habitación con aire. Me alcanzó una silla y sobre la cama escribí los valores según categoría: “Idóneos 670, Intermedio 740, con título terciario 920,…”.
Desde la cómoda, sobresalía la foto de un chico, atravesada por un rosario.
“Son dos clases semanales de dos horas cada una”. Laura se abanicaba impaciente, esperando un desenlace.
“Es muy importante que el profesor dedique una de las horas a la sociabilidad, algo así como un recreo”. Tuve que hablar más fuerte que el conductor del programa que la mantenía en vilo. Me explicó que no podía irse sin ver el resultado del ADN: si era positivo, el muchacho de la tele había encontrado a su madre.
Nos fuimos charlando hasta la parada acerca de los detalles del curso. Que no es curso, es taller. Pero hasta a mí me cuesta concebir una educación sin instrucciones, y que tanta gente necesite seguir aprendiendo a la edad en que, se suele decir, deberían descansar.  
En la parada saludó a varios vecinos. Me presentó a Graciela, la enfermera del Centro de Jubilados Ferroviario, el lugar que tanto insiste en recuperar, como si fuera algo más que se pierde. Subimos al cole y tuve la sensación de que todos la conocían, pero imaginé que se debía al amplio radio del centro: La loma, Guena, Asonia, Lares, Fraga, Martínez, San Pablo…
 "¿Sabés que esa señora que subió me saluda siempre y yo no sé quién es? Y me saluda con mucho cariño, con todo… y yo…”.
“Claro, te deben conocer porque presidís el Centro.”
“No... Yo perdí un hijo hace cinco años y por esa causa me conoce mucha gente. Mi hijo era muy querido. Era bailarín de folclore, tango, clásico, del ballet municipal […] salió de una actuación con los compañeros… el tren de las 2 menos cuarto […] Mi hijo falleció. Un golpe en la cabecita y falleció…
Y después, a los dos años, falleció mi esposo [...]
 Si es triste la vida, hija…
Estoy organizando viajes de turismo, para poder salir y que mi mente se limpie, pero lo llevás siempre. No podes. Tu casa es el vacío. Llegás a tu casa y volvés a la realidad […]
“Esto, corazón, es una cosa que yo no te lo puedo explicar. A veces pasan dos días y es todo normal. Y de pronto, la sangre te da un vuelco: Pablito no vuelve.
Tengo que poder entender esto y seguir [...]
No soy la única que siente esto, he hablado con otras mamás y me dicen que les pasa lo mismo”.
Laura se reúne periódicamente en la catedral con otras madres que han perdido a sus hijos. Y se dedica a visitar escuelas para enseñar Seguridad Vial. “Sólo pude cambiar el dolor por servicio”.
Mientras volvía a mi ciudad volvía también la imagen del adulto mayor idealizado de mis comienzos.
Está mal visto en el mundo académico que los educadores de tercera edad pretendamos ‘guiar’ a una generación completa hacia lo que ‘debería ser’. Entonces la única voz que se escucha es la del mercado, que les propone ser jóvenes para siempre. Y el puesto sigue vacante…
Ser mayores no es cuestión de edad sino de coraje para asumir el puesto. ‘Los mayores’ solían ser los que velaban por el bienestar de los menores.
Algunos, como Laura, aún lo son.

V.D.
 
 
Asociación "Pablo por la vida"
 
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